Fin de Año

Todos los años la misma historia. «No pienso salir en fin de año. Me niego. Está todo hasta la bandera, todo dios va pasadísimo y nunca encuentro taxi. Es como cualquier otro fin de semana, pero más caro.» Y como siempre, se acerca el día señalado, no tengo nada programado y me pongo como loco a buscar plan. Pero a diferencia de otros años, esta vez, mientras tomábamos té y tarta en una cafetería del centro y discutíamos desganados sobre qué hacer, se nos ocurrió algo diferente y atrevido.

«¿Y si hacemos una fiesta en plan travesti?» No hizo falta decir más. Desapareció la mala gana. Todos empezamos a hablar de la ropa fantástica que nos íbamos a poner, del tacón de medio metro que íbamos a calzar y de dónde íbamos a sacar la peluca. Sólo había una condición: currarnos la transformación. Nada de disfrazarse de mamarrachos como en carnavales. Teníamos que estar elegantes. Nos lo tomamos tan en serio que incluso acordamos contratar un cóctel chulo en alguna empresa de catering. «¿Y dónde hacemos la fiesta?» Se hizo el silencio. Era domingo. Apenas teníamos dos días para organizarlo todo. Había que ponerse a buscar ya.

A la mañana siguiente tiramos de teléfono y de agenda. Después de muchas llamadas, lo único decente que conseguimos fue el piso de un amigo en la zona del Puerto. A ninguno le hacía especial ilusión, pero menos da una piedra. El golpe de gracia llegaría unas horas más tarde: a nuestro amigo le había dado un lumbago de campeonato. No podía ni moverse de la cama. No podíamos contar con su casa. Estábamos por cancelarlo todo, pero una mano amiga nos sacó del aprieto.

Ese mismo lunes fui a almorzar con C. a uno de nuestros restaurantes favoritos. Le dábamos vueltas a la cabeza intentando encontrar alguna solución cuando el dueño del restaurante vino a saludarnos: «¿A qué vienen esas caras? ¿No tienen nada para fin de año?» «Íbamos a hacer una fiesta. Pero no encontramos dónde.» «¿Ah, no? Yo les puedo conseguir un apartamento en el sur, si les sirve.» Vimos los cielos abiertos. En menos de media hora teníamos no uno, sino dos apartamentos en un complejo que estaba enfrente del Yumbo.

Por suerte, el catering no fue un problema. Ahora sólo me faltaban los trapitos. Había que ir elegante. Eso descartaba el disfraz de Gavilana de hacía dos carnavales y el kimono del año pasado. Tampoco tenía (y sigo sin tenerla) ninguna amiga de metro ochenta que gastase la talla 44. No había otra opción: tocaba ir de compras, aunque por lo general, mi tarjeta llora de dolor a finales de diciembre. Menos mal que los chinos son baratos y tienen de todo. Y para mi sorpresa, las dependientas estaban encantadas con nuestra idea y no hacían más que sacarnos trajes y zapatos. No conseguí lo que buscaba, pero esperaba pasar inadvertido entre la elegancia de mis amigos. Me equivoqué.

Llegó el gran día. Nos depilamos. Mal. Nos maquillamos. También mal. Los trajes eran menos glamurosos de lo que todos esperábamos, los tacones nos mataban, nos faltaban complementos y las pelucas perdieron todo su esplendor a los tres minutos de ponérnoslas. El resultado: unos mamarrachos. Eso sí: el catering estupendo. Y teníamos alcohol. Mucho alcohol.

Empezó la fiesta. Hicimos el photocall. Comimos. Bebimos. Bailamos syrtaki. Celebramos la primera boda ortodoxa de lesbianas. Bebimos. Hubo una tentativa de homicidio. Posamos para la portada de un disco. Bebimos. Tomamos las uvas. Partimos el año. Bebimos. Vimos los fuegos. Entablamos amistad con un familia islandesa. Bebimos. Y lo registramos todo con un amplio reportaje fotográfico que espero que nunca vea la luz.

Entre foto y copa, nos dieron las tres de la mañana y el cuerpo nos pedía fiesta. «¿Vamos a salir así?» Nos miramos socarrones. Alguno puso algo de resistencia, pero no tardó en ceder. De modo que nos recolocamos las pelucas, agarramos nuestras pashminas de «todo a un euro» y dejamos el apartamento.

Y ahí íbamos con nuestros taconazos. Los seis travelos del apocalipsis: Las Grecas, una alemana bollera de los 80, la rubia de ABBA, Tracey Thorn en sus horas más bajas y una madre judía. Todos camino del Yumbo dispuestos a armarla. Y la armamos. Pero esa es otra historia.

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