Hace mucho tiempo, en un lejano baño de la planta sexta de unos establecimientos comerciales, la (homo)sexualidad se abrÃa a un joven adolescente en forma de apretado hombretón de 2×2 (anda, como los colchones de «LoMonaco») que le metió la lengua hasta la garganta. Al joven se le desbocó el corazón, y las piernas le temblaron. Tuvo el impulso de salir corriendo, pero haciendo acopio de valor, deslizó su púber mano sobre los fornidos abdominales de aquel semental y… dejando de lado las escenas propias de una novela Danielle Steel, y siendo sinceros, tengo que decir que no era ningún hombretón 2×2 sino un personajillo menudo y calvo con una barriguita treintañera. Lo único cierto es que fue en un baño público y que yo temblaba como un flan. No llegamos hasta el final, no por falta de ganas, sino porque en ese momento la limpiadora llamó a la puerta. Mostrando la sangre frÃa de los adolescentes, salà corriendo para tropezarme con la fregona y casi caer redondo al suelo. Él me siguió, me tranquilizó, me invitó a un café, me dejó su teléfono y cuando, dÃas más tarde, hice la primera llamada, descubrà que los hombres no dicen siempre la verdad: «Perdone, está equivocado.» Pero esa es otra historia. Yo querÃa hablar del cruising.
Para estas cosas, las descripciones técnicas son las más divertidas, y la de la Wikipedia no podÃa ser menos: El cruising se define como el acto de caminar o conducir alrededor de una localidad en busca de compañeros sexuales, normalmente anónimos, casuales y distintos cada vez. Aunque lo de distintos cada vez depende de lo grande que sea tu pueblo. No obstante, creo que todos nos hacemos una idea.
Mi problema con el cruising es que lo echo de menos. Y por dos razones. La primera es que ya no lo practico porque algo, llamémoslo intuición (o amenaza directa de cortarme los cataplines), me dice que a mi novio no le harÃa mucha gracia. La otra razón es que cuando uno pasa por los mÃticos cotos de caza de la ciudad (y todos lo hemos hecho, intencionada o accidentalmente…sÃ, sÃ, no te hagas el loco) sólo ve frikies y viejales. Vale que mi hombre menudo no era un actor fetiche de Titanmen, pero habÃa algo más de variedad.
¿Qué ha ocurrido? Interneeeeeeeeeee (que dirÃa Enjuto Mojamuto). No quiero que se me malinterprete. Yo también soy tecnócrata. Yo también he practicado eso de «chico alto, moreno, ¿versátil?, joven busca marica que vaya a quedar libre en las proximidades de Mesa y López…¿ninguno libre?…Zona Mesa y López». Es cómodo. Consigues sexo fácil con el tÃo que te apetece sin tener que salir de casa y si ninguno te mola, pues no pierdes tanto el tiempo. Es rápido y efectivo. Casi quirúrgico. Además, para los que todavÃa no han salido del armario, pues les permite tener sus aventurillas con cierta (y cuestionable) discreción. Y ninguna limpiadora va a provocarte un coitus interruptus. Tiene muchas ventajas. Estoy de acuerdo.
Pero el cruising tiene algo especial. Tener sexo con alguien a quien no conoces, con quien no hablas, en un sitio público, donde pueden pillarte en cualquier momento… es emocionante. O al menos asà lo recuerdo.
No es un gran argumento. Lo sé. A fin de cuentas, es añoranza. Si en el fondo soy un nostálgico… un poco zorrón… pero nostálgico.


