Buscando trabajo

Fa uns anys jo vivia a Madrid i no tenia ni un dur. Em vaig posar a buscar feina en l’únic que podia fer: cambrer en qualsevol bareto. Vaig sortir a passejar pel meu barri a la recerca de l’aliment i després de molts locals, de moltes negatives i d’algunes tasses trencades, vaig arribar a la porta d’un bar que estava en la posterior de la Plaça 2 de maig. Si m’hagués fixat millor en els detalls (i hagués tingut més dolenta idea), és probable que no hagués trucat al timbre.

Hace unos años yo vivía en Madrid y no tenía ni un duro. Me puse a buscar trabajo en lo único que podía hacer: camarero en cualquier bareto. Salí a pasear por mi barrio en busca del sustento y después de muchos locales, de muchas negativas y de algunas tazas rotas, llegué a la puerta de un bar que estaba en la trasera de la Plaza 2 de Mayo. Si me hubiese fijado mejor en los detalles (y hubiese tenido más mala idea), es probable que no hubiese llamado al timbre. Hace unos años yo vivía en Madrid y no tenía ni un duro. Me puse a buscar trabajo en lo único que podía hacer: camarero en cualquier bareto. Salí a pasear por mi barrio en busca del sustento y después de muchos locales, de muchas negativas y de algunas tazas rotas, llegué a la puerta de un bar que estaba en la trasera de la Plaza 2 de Mayo. Si me hubiese fijado mejor en los detalles (y hubiese tenido más mala idea), es probable que no hubiese llamado al timbre.

Hace unos años yo vivía en Madrid y no tenía ni un duro. Me puse a buscar trabajo en lo único que podía hacer: camarero en cualquier bareto. Salí a pasear por mi barrio en busca del sustento y después de muchos locales, de muchas negativas y de algunas tazas rotas, llegué a la puerta de un bar que estaba en la trasera de la Plaza 2 de Mayo. Si me hubiese fijado mejor en los detalles (y hubiese tenido más mala idea), es probable que no hubiese llamado al timbre.

Em va obrir la porta un madurito barbut vestit de cuir que semblava sortit de La ostra azul. Fins i tot portava una gorra leather. «Véns per allò del anuncio?» Anunci? Quin anunci? «Sí, claro.» «Espera. ¡¡Fran!!» Unos segon després el cap de Fran, i slo el seu cap, va sortir entre unes cortines. «Viene per allò del anuncio.» Fran em va mirar de dalt a baix. «Que pase.» Y el seu cap va desaparèixer novament.

Passem al rebedor del garito. Jo anava a continuar quan el madurito em va dir que em despullés. «¿¡Què!?» Me va explicar, mentre es treia la roba, que no es podia passar vestit. En veure la meva cara, em va dir que almenys em tragués l’l'abric i la camisa. Vaig obeir sense queixar-se, encara que vaig pensar que potser m’havia passat de llest en dir que venia per allò de l’anunci.

Els dos travessem unes segones cortines. Era el típic local semifosc i allargat amb la barra posada en un dels costats. Rere la barra, un noi d’uns 18 anys menjant pernil serrà en pilotes. En l’altre costat de la barra, Fran, també nu, semiempalmat, revisant factures i fent anotacions en el que semblava un llibre comptable. Sí. Has llegit bé. Nu i fent la comptabilitat. No em preguntis per què.

En arribar a la seva altura, em va preguntar si volia una cervesa. Jo li vaig dir que millor una Coca-Cola: no volia res a veure amb alcohol allà dins. Va començar a fer-me preguntes típiques de les entrevistes: d’on era, què feia a Madrid i coses així. Tot hauria estat completament normal si no hagués estat sacsejant-se el nap cada cinc segons. Després va passar a explicar-me en què consistiria el meu treball. «Tens algun problema en treballar desnudo?» «¿ Jo? No… És obligatorio?» Sacudida. «Obligatori no. Com a mínim hauràs d’anar en calzoncillos.» «Ajá.» «Hauries de treballar de 10 a 5, i després limpiar.» Sotrac. «Ajá.» «També has de ser discret amb els clients. Si ells es posen a follar a sobre de la barra, et poses a servir les copes per un altre sitio.» Sotrac. «Ajá.» «Quin signe del zodíac eres?» Yo crec que a hores d’ara i amb la cara d’ensurt que havia de tenir, ja no estava interessat en mi com a cambrer. «Ehhhh… Aquari. Per?» Me va posar la mà a l’espatlla i em va somriure. «Per si encaixàvem. «m’he d’ajeure amb tu per aconseguir el trabajo?» «Jajajajaja… Jo no he dit això, hombre.» «Llavors, què has dicho?» No va poder respondre’m. En aquell moment va aparèixer el barbut madurito acompanyat d’una fustera bollera (a ella sí la deixaven anar vestida). Fran es va disculpar i els tres es van posar a discutir sobre una prestatgeria per als vasos que volien construir al final del local. Estava clar que no anava a treballar allà.

A aquelles altures jo vaig pensar que no podia ocórrer-me res més surrealista. Però el noi rere la barra va treure pa i mortadel·la i es va posar a fer un entrepà. Em va oferir la meitat i junts ens vam posar a veure l’àlbum de fotos del local. Però aquesta és una altra història.

Me abrió la puerta un madurito barbudo vestido de cuero que parecía salido de La ostra azul. Hasta llevaba una gorra leather. «¿Vienes por lo del anuncio?» ¿Anuncio? ¿Qué anuncio? «Sí, claro.» «Espera. ¡¡Fran!!» Unos segundos después la cabeza de Fran, y sοlo su cabeza, asomó entre unas cortinas. «Viene por lo del anuncio.» Fran me miró de arriba abajo. «Que pase.» Y su cabeza desapareció nuevamente.

Pasamos al recibidor del garito. Yo iba a continuar cuando el madurito me dijo que me desnudara. «¿¡Qué!?» Me explicó, mientras se quitaba la ropa, que no se podía pasar vestido. Al ver mi cara, me dijo que por lo menos me quitase la el abrigo y la camisa. Obedecí sin rechistar, aunque pensé que a lo mejor me había pasado de listo al decir que venía por lo del anuncio.

Los dos atravesamos unas segundas cortinas. Era el típico local semioscuro y alargado con la barra puesta a uno de los lados. Tras la barra, un chico de unos 18 años comiendo jamón serrano en pelotas. Al otro lado de la barra, Fran, también desnudo, semiempalmado, revisando facturas y haciendo anotaciones en lo que parecía un libro contable. Sí. Has leído bien. Desnudo y haciendo la contabilidad. No me preguntes por qué.

Al llegar a su altura, me preguntó si quería una cerveza. Yo le dije que mejor una Coca-Cola: no quería nada que ver con alcohol allí dentro. Comenzó a hacerme preguntas típicas de las entrevistas: de dónde era, qué hacía en Madrid y cosas así. Todo habría sido completamente normal si no hubiese estado sacudiéndose el nabo cada cinco segundos. Después pasó a explicarme en qué consistiría mi trabajo. «¿Tienes algún problema en trabajar desnudo?» «¿Yo? No… ¿Es obligatorio?» Sacudida. «Obligatorio no. Como mínimo tendrás que ir en calzoncillos.» «Ajá.» «Tendrías que trabajar de 10 a 5, y luego limpiar.» Sacudida. «Ajá.» «También tienes que ser discreto con los clientes. Si ellos se ponen a follar encima de la barra, te pones a servir las copas por otro sitio.» Sacudida. «Ajá.» «¿Qué signo del zodiaco eres?» Yo creo que a estas alturas y con la cara de susto que debía tener, ya no estaba interesado en mí como camarero. «Ehhhh… Acuario. ¿Por?» Me puso la mano en el hombro y me sonrió. «Por si encajábamos.» «¿Me tengo que acostar contigo para conseguir el trabajo?» «Jajajajaja… Yo no he dicho eso, hombre.» «Entonces, ¿qué has dicho?» No pudo responderme. En aquel momento apareció el barbudo madurito acompañado de una carpintera bollera (a ella sí la dejaban ir vestida). Fran se disculpó y los tres se pusieron a discutir sobre una estantería para los vasos que querían construir al final del local. Estaba claro que no iba a trabajar allí.

A aquellas alturas yo pensé que no podía ocurrirme nada más surrealista. Pero el chico tras la barra sacó pan y mortadela y se puso a hacer un bocadillo. Me ofreció la mitad y juntos nos pusimos a ver el álbum de fotos del local. Pero esa es otra historia.

Me abrió la puerta un madurito barbudo vestido de cuero que parecía salido de La ostra azul. Hasta llevaba una gorra leather. «¿Vienes por lo del anuncio?» ¿Anuncio? ¿Qué anuncio? «Sí, claro.» «Espera. ¡¡Fran!!» Unos segundos después la cabeza de Fran, y sοlo su cabeza, asomó entre unas cortinas. «Viene por lo del anuncio.» Fran me miró de arriba abajo. «Que pase.» Y su cabeza desapareció nuevamente.

Pasamos al recibidor del garito. Yo iba a continuar cuando el madurito me dijo que me desnudara. «¿¡Qué!?» Me explicó, mientras se quitaba la ropa, que no se podía pasar vestido. Al ver mi cara, me dijo que por lo menos me quitase la el abrigo y la camisa. Obedecí sin rechistar, aunque pensé que a lo mejor me había pasado de listo al decir que venía por lo del anuncio.

Los dos atravesamos unas segundas cortinas. Era el típico local semioscuro y alargado con la barra puesta a uno de los lados. Tras la barra, un chico de unos 18 años comiendo jamón serrano en pelotas. Al otro lado de la barra, Fran, también desnudo, semiempalmado, revisando facturas y haciendo anotaciones en lo que parecía un libro contable. Sí. Has leído bien. Desnudo y haciendo la contabilidad. No me preguntes por qué.

Al llegar a su altura, me preguntó si quería una cerveza. Yo le dije que mejor una Coca-Cola: no quería nada que ver con alcohol allí dentro. Comenzó a hacerme preguntas típicas de las entrevistas: de dónde era, qué hacía en Madrid y cosas así. Todo habría sido completamente normal si no hubiese estado sacudiéndose el nabo cada cinco segundos. Después pasó a explicarme en qué consistiría mi trabajo. «¿Tienes algún problema en trabajar desnudo?» «¿Yo? No… ¿Es obligatorio?» Sacudida. «Obligatorio no. Como mínimo tendrás que ir en calzoncillos.» «Ajá.» «Tendrías que trabajar de 10 a 5, y luego limpiar.» Sacudida. «Ajá.» «También tienes que ser discreto con los clientes. Si ellos se ponen a follar encima de la barra, te pones a servir las copas por otro sitio.» Sacudida. «Ajá.» «¿Qué signo del zodiaco eres?» Yo creo que a estas alturas y con la cara de susto que debía tener, ya no estaba interesado en mí como camarero. «Ehhhh… Acuario. ¿Por?» Me puso la mano en el hombro y me sonrió. «Por si encajábamos.» «¿Me tengo que acostar contigo para conseguir el trabajo?» «Jajajajaja… Yo no he dicho eso, hombre.» «Entonces, ¿qué has dicho?» No pudo responderme. En aquel momento apareció el barbudo madurito acompañado de una carpintera bollera (a ella sí la dejaban ir vestida). Fran se disculpó y los tres se pusieron a discutir sobre una estantería para los vasos que querían construir al final del local. Estaba claro que no iba a trabajar allí.

A aquellas alturas yo pensé que no podía ocurrirme nada más surrealista. Pero el chico tras la barra sacó pan y mortadela y se puso a hacer un bocadillo. Me ofreció la mitad y juntos nos pusimos a ver el álbum de fotos del local. Pero esa es otra historia.

Me abrió la puerta un madurito barbudo vestido de cuero que parecía salido de La ostra azul. Hasta llevaba una gorra leather. «¿Vienes por lo del anuncio?» ¿Anuncio? ¿Qué anuncio? «Sí, claro.» «Espera. ¡¡Fran!!» Unos segundos después la cabeza de Fran, y sοlo su cabeza, asomó entre unas cortinas. «Viene por lo del anuncio.» Fran me miró de arriba abajo. «Que pase.» Y su cabeza desapareció nuevamente.

Pasamos al recibidor del garito. Yo iba a continuar cuando el madurito me dijo que me desnudara. «¿¡Qué!?» Me explicó, mientras se quitaba la ropa, que no se podía pasar vestido. Al ver mi cara, me dijo que por lo menos me quitase la el abrigo y la camisa. Obedecí sin rechistar, aunque pensé que a lo mejor me había pasado de listo al decir que venía por lo del anuncio.

Los dos atravesamos unas segundas cortinas. Era el típico local semioscuro y alargado con la barra puesta a uno de los lados. Tras la barra, un chico de unos 18 años comiendo jamón serrano en pelotas. Al otro lado de la barra, Fran, también desnudo, semiempalmado, revisando facturas y haciendo anotaciones en lo que parecía un libro contable. Sí. Has leído bien. Desnudo y haciendo la contabilidad. No me preguntes por qué.

Al llegar a su altura, me preguntó si quería una cerveza. Yo le dije que mejor una Coca-Cola: no quería nada que ver con alcohol allí dentro. Comenzó a hacerme preguntas típicas de las entrevistas: de dónde era, qué hacía en Madrid y cosas así. Todo habría sido completamente normal si no hubiese estado sacudiéndose el nabo cada cinco segundos. Después pasó a explicarme en qué consistiría mi trabajo. «¿Tienes algún problema en trabajar desnudo?» «¿Yo? No… ¿Es obligatorio?» Sacudida. «Obligatorio no. Como mínimo tendrás que ir en calzoncillos.» «Ajá.» «Tendrías que trabajar de 10 a 5, y luego limpiar.» Sacudida. «Ajá.» «También tienes que ser discreto con los clientes. Si ellos se ponen a follar encima de la barra, te pones a servir las copas por otro sitio.» Sacudida. «Ajá.» «¿Qué signo del zodiaco eres?» Yo creo que a estas alturas y con la cara de susto que debía tener, ya no estaba interesado en mí como camarero. «Ehhhh… Acuario. ¿Por?» Me puso la mano en el hombro y me sonrió. «Por si encajábamos.» «¿Me tengo que acostar contigo para conseguir el trabajo?» «Jajajajaja… Yo no he dicho eso, hombre.» «Entonces, ¿qué has dicho?» No pudo responderme. En aquel momento apareció el barbudo madurito acompañado de una carpintera bollera (a ella sí la dejaban ir vestida). Fran se disculpó y los tres se pusieron a discutir sobre una estantería para los vasos que querían construir al final del local. Estaba claro que no iba a trabajar allí.

A aquellas alturas yo pensé que no podía ocurrirme nada más surrealista. Pero el chico tras la barra sacó pan y mortadela y se puso a hacer un bocadillo. Me ofreció la mitad y juntos nos pusimos a ver el álbum de fotos del local. Pero esa es otra historia.

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