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Fin de Año

Todos los años la misma historia. «No pienso salir en fin de año. Me niego. Está todo hasta la bandera, todo dios va pasadísimo y nunca encuentro taxi. Es como cualquier otro fin de semana, pero más caro.» Y como siempre, se acerca el día señalado, no tengo nada programado y me pongo como loco a buscar plan. Pero a diferencia de otros años, esta vez, mientras tomábamos té y tarta en una cafetería del centro y discutíamos desganados sobre qué hacer, se nos ocurrió algo diferente y atrevido. Más…

Buscando trabajo

Fa uns anys jo vivia a Madrid i no tenia ni un dur. Em vaig posar a buscar feina en l’únic que podia fer: cambrer en qualsevol bareto. Vaig sortir a passejar pel meu barri a la recerca de l’aliment i després de molts locals, de moltes negatives i d’algunes tasses trencades, vaig arribar a la porta d’un bar que estava en la posterior de la Plaça 2 de maig. Si m’hagués fixat millor en els detalls (i hagués tingut més dolenta idea), és probable que no hagués trucat al timbre.

Hace unos años yo vivía en Madrid y no tenía ni un duro. Me puse a buscar trabajo en lo único que podía hacer: camarero en cualquier bareto. Salí a pasear por mi barrio en busca del sustento y después de muchos locales, de muchas negativas y de algunas tazas rotas, llegué a la puerta de un bar que estaba en la trasera de la Plaza 2 de Mayo. Si me hubiese fijado mejor en los detalles (y hubiese tenido más mala idea), es probable que no hubiese llamado al timbre. Hace unos años yo vivía en Madrid y no tenía ni un duro. Me puse a buscar trabajo en lo único que podía hacer: camarero en cualquier bareto. Salí a pasear por mi barrio en busca del sustento y después de muchos locales, de muchas negativas y de algunas tazas rotas, llegué a la puerta de un bar que estaba en la trasera de la Plaza 2 de Mayo. Si me hubiese fijado mejor en los detalles (y hubiese tenido más mala idea), es probable que no hubiese llamado al timbre.

Hace unos años yo vivía en Madrid y no tenía ni un duro. Me puse a buscar trabajo en lo único que podía hacer: camarero en cualquier bareto. Salí a pasear por mi barrio en busca del sustento y después de muchos locales, de muchas negativas y de algunas tazas rotas, llegué a la puerta de un bar que estaba en la trasera de la Plaza 2 de Mayo. Si me hubiese fijado mejor en los detalles (y hubiese tenido más mala idea), es probable que no hubiese llamado al timbre. Más…

Cruising

Hace mucho tiempo, en un lejano baño de la planta sexta de unos establecimientos comerciales, la (homo)sexualidad se abría a un joven adolescente en forma de apretado hombretón de 2×2 (anda, como los colchones de «LoMonaco») que le metió la lengua hasta la garganta. Al joven se le desbocó el corazón, y las piernas le temblaron. Tuvo el impulso de salir corriendo, pero haciendo acopio de valor, deslizó su púber mano sobre los fornidos abdominales de aquel semental y… dejando de lado las escenas propias de una novela Danielle Steel, y siendo sinceros, tengo que decir que no era ningún hombretón 2×2 sino un personajillo menudo y calvo con una barriguita treintañera. Lo único cierto es que fue en un baño público y que yo temblaba como un flan. No llegamos hasta el final, no por falta de ganas, sino porque en ese momento la limpiadora llamó a la puerta. Mostrando la sangre fría de los adolescentes, salí corriendo para tropezarme con la fregona y casi caer redondo al suelo. Él me siguió, me tranquilizó, me invitó a un café, me dejó su teléfono y cuando, días más tarde, hice la primera llamada, descubrí que los hombres no dicen siempre la verdad: «Perdone, está equivocado.» Pero esa es otra historia. Yo quería hablar del cruising.

Para estas cosas, las descripciones técnicas son las más divertidas, y la de la Wikipedia no podía ser menos: El cruising se define como el acto de caminar o conducir alrededor de una localidad en busca de compañeros sexuales, normalmente anónimos, casuales y distintos cada vez. Aunque lo de distintos cada vez depende de lo grande que sea tu pueblo. No obstante, creo que todos nos hacemos una idea.

Mi problema con el cruising es que lo echo de menos. Y por dos razones. La primera es que ya no lo practico porque algo, llamémoslo intuición (o amenaza directa de cortarme los cataplines), me dice que a mi novio no le haría mucha gracia. La otra razón es que cuando uno pasa por los míticos cotos de caza de la ciudad (y todos lo hemos hecho, intencionada o accidentalmente…sí, sí, no te hagas el loco) sólo ve frikies y viejales. Vale que mi hombre menudo no era un actor fetiche de Titanmen, pero había algo más de variedad.

¿Qué ha ocurrido? Interneeeeeeeeeee (que diría Enjuto Mojamuto). No quiero que se me malinterprete. Yo también soy tecnócrata. Yo también he practicado eso de «chico alto, moreno, ¿versátil?, joven busca marica que vaya a quedar libre en las proximidades de Mesa y López…¿ninguno libre?…Zona Mesa y López». Es cómodo. Consigues sexo fácil con el tío que te apetece sin tener que salir de casa y si ninguno te mola, pues no pierdes tanto el tiempo. Es rápido y efectivo. Casi quirúrgico. Además, para los que todavía no han salido del armario, pues les permite tener sus aventurillas con cierta (y cuestionable) discreción. Y ninguna limpiadora va a provocarte un coitus interruptus. Tiene muchas ventajas. Estoy de acuerdo.

Pero el cruising tiene algo especial. Tener sexo con alguien a quien no conoces, con quien no hablas, en un sitio público, donde pueden pillarte en cualquier momento… es emocionante. O al menos así lo recuerdo.

No es un gran argumento. Lo sé. A fin de cuentas, es añoranza. Si en el fondo soy un nostálgico… un poco zorrón… pero nostálgico.